José de
Jesús:
Transcurren el año 1918
y el cuarto embarazo de Bertha
sin mucha contrariedad, hasta que
el Dr. Juan Manuel Olivares, le explica
a la asombrada gestante, que no es un
niño lo que trae en camino , sino que son 2, a los
que les escucho latir su corazón, al auscultarle la barriga con un raro cono de
metal aplicado a la piel.
Se pone difícil a la hora del parto y con
mucha dificultad sale el 1er niño, grande
de tamaño y con una circular de cordón que lo asfixia. El Maestro
Olivares mueve la cabeza con gesto de resignación y certifica que el niño murió
al nacer. Detrás viene el otro niño,
muy menudito casi como un ratoncito. La madre como para querer protegerlo de por vida,
repite en él, el nombre del mayor de los hermanos, que ya va orientado laboralmente en la vida.
20 años después este mismo ser, con no más
de 1.45 de estatura, se levanta en plena oscurana, solo alumbrado por la luz
del altar de los santos. Deja la olla con el maíz reposado desde la noche
anterior a un lado de su máquina, y comienza a darle vuelta y vuelta a la
manigueta en el sentido de las agujas del reloj, obteniendo entonces unas hebras finas y blancas, que se van retorciendo sobre si mismas como en un
perfecto espiral y pasar directo a una
palangana de peltre. Luego el atareado JJ vuelve
a pasar la masa por el rodillo, en una segunda ronda de molienda.
Sus múltiples labores y faenas de ayuda para
la casa materna, las realiza JJ silbando
boleros con aires tropicales. Desde la
molienda hasta el remiendo de
calzado en el taller de Don Mario en San José, donde trabaja de ayudante
y aprendiz.
La otra actividad que hace JJ es
mantener la casa al día con los eventos que ocurre en la calle y estar pendiente que
los “merodeadores” de las mujeres más jóvenes, se mantenga a ralla y suficiente distancia
decorosa.
Nuestro diminuto tío
emite como un tren, largas exhalaciones
pitantes musicales. Y es tal su matrimonio con la producción de chiflidos, que hasta cuando los amigos lo llaman desde la cerca de la calle, lo
hacen con un silbido que recuerda su nombre:
shushito.
Chucho
es un cantante de los llamados “
barítono natural” y es que sin escuela
vocal alguna, entona los boleros de Rafael Hernández,
acompañándose por unos rítmicos compases que obtiene de unos palitos de madera
de escoba (una especie de clave de bajo precio).
A
la puerta de la casa materna lo buscan lo que bertha llama “la cuerdita”,
y sale así nuestro cantante, esta versión tropical de un trovador
medioeval, y se pierde por largas temporadas, hacia las fiesta de Duaca que se empatan con las patronales de Aroa y
culminan en las festividades de la
virgen de Altagracia en Yumare, de donde
regresa (como dice la abuela), más flaco
que un perro de rancho.

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