miércoles, 15 de enero de 2014


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
José de Jesús:

     Transcurren el año  1918  y  el cuarto embarazo de Bertha sin mucha contrariedad,  hasta que el  Dr. Juan Manuel Olivares, le explica a la asombrada gestante,  que no es un niño lo que trae en camino , sino que son  2,  a los que les  escucho latir su corazón, al auscultarle la barriga con un raro cono de metal aplicado a la piel.

   Se pone difícil a la hora del parto y con mucha dificultad sale el 1er niño, grande  de tamaño y con una circular de cordón que lo asfixia. El Maestro Olivares mueve la cabeza con gesto de resignación y certifica que el niño murió al nacer. Detrás viene el  otro  niño,  muy menudito casi como un ratoncito. La madre  como para querer protegerlo de por vida, repite  en él, el  nombre del mayor de los hermanos,  que ya va orientado laboralmente en la vida.

    20 años después este mismo ser,  con no  más de 1.45 de estatura, se levanta en plena oscurana, solo alumbrado por la luz del altar de los santos. Deja la olla con el maíz reposado desde la noche anterior  a un lado de su máquina,  y comienza a darle vuelta y vuelta a la manigueta en el sentido de las agujas del reloj, obteniendo entonces  unas hebras finas y blancas, que se van  retorciendo sobre si mismas como en un perfecto espiral y pasar  directo a una palangana de peltre. Luego el atareado JJ    vuelve a pasar la masa por el rodillo, en una segunda ronda de molienda.

        Sus múltiples labores y faenas de ayuda para la casa materna,  las realiza JJ silbando boleros con  aires tropicales.  Desde la  molienda hasta el remiendo de  calzado en el taller de Don Mario en San José, donde trabaja de ayudante y aprendiz.

   La otra actividad que hace JJ es mantener  la casa al día con los eventos  que ocurre en la calle y estar pendiente que los “merodeadores” de las mujeres más jóvenes,  se mantenga a ralla y suficiente distancia decorosa.

   Nuestro diminuto  tío  emite como un tren, largas  exhalaciones pitantes musicales. Y es tal su matrimonio con la producción  de chiflidos,  que hasta cuando los amigos lo  llaman desde la cerca de la calle,   lo hacen con un silbido que recuerda  su nombre: shushito.

     Chucho  es un  cantante de los llamados “ barítono natural” y   es que sin escuela vocal  alguna,  entona los boleros de Rafael Hernández, acompañándose por unos rítmicos compases que obtiene de unos palitos de madera de escoba  (una especie de  clave de bajo precio).

      A la puerta de la casa materna lo buscan lo que bertha llama “la cuerdita”, y  sale así nuestro cantante, esta versión tropical de un trovador medioeval, y se pierde  por largas  temporadas, hacia las fiesta de Duaca  que se empatan con las patronales de Aroa y culminan en las festividades de  la virgen de Altagracia en Yumare,  de donde regresa (como dice la abuela),  más flaco que un perro de rancho.

  

 

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